CURIOSIDADES DE NUESTRA HISTORIA (43)

LOS BANDOS: ENFRENTAMIENTOS ENTRE PODEROSOS

Si hablamos de los Bandos aparecen nombres propios que nos pueden sonar a todos: María “la Brava” o San Juan de Sahagún; también podemos hablar de curiosidades como la hierba que crecía en lo que hoy conocemos como la plaza del Corrillo, símbolo de que por allí no cruzaban personajes de un bando hacia la zona del otro por temor a represalias.

Estos datos, que aparentemente son puntuales, no explican en sí mismos unos hechos mucho más complejos y duraderos en el tiempo.

La ciudad de Salamanca tenía, a finales de la Edad Media, apenas 18.000 habitantes, de los cuales, unos 17.000 vivían dentro de la zona urbana y 1.000 en los arrabales del sur. De todos ellos, tan sólo una minoría pertenecía al grupo social privilegiado (caballeros-escuderos o hidalgos), un 3% aproximadamente, que controlaba la ciudad. A esa minoría pertenecían las familias Maldonado, Cornejo, Monroy, Ovalle, Paz, Tejeda o los Solís; pero también destacaban otras: Acevedo, Acevedo-Fonseca, Nieto, Anaya, Enríquez o los Vázquez-Coronado.

La situación económica de los miembros de estas familias era muy holgada. Algunos de ellos eran muy ricos, millonarios, sin ninguna duda, y lo expresaban demostrando lujo y fuerza. No construyeron castillos en el medio rural, como lo habían hecho los nobles tiempo atrás, pero sí mansiones o palacios con apariencia de fortaleza, con torres y elementos defensivos, en los mejores lugares de la ciudad (Torre del Clavero, Torre del Aire, Casa de los Arias Corveille en San Boal, Palacio de los Álvarez Abarca, Casa de las Conchas o el Palacio de los Maldonado); en Ciudad Rodrigo aparecerán blasones, casas y palacios que demuestran lo anteriormente expuesto (Casa de los Chaves o de los Pacheco, Palacio de los Águila o Casa de los Silva);

Pero no sólo tuvieron ese poder económico, sino que reclamaron también poder político mediante la provisión de cargos públicos.

En todo este sistema “familiar” el escalón más bajo estaría conformado por la familia del caballero (hijos, parientes directos o enlazados por matrimonio); en un escalón superior aparecerán ya los linajes propiamente dichos, entendiéndolos como agrupamientos que superaban al estrictamente familiar; y en el escalón más alto estarían los bandos-linaje (verdaderos partidos); curiosamente, dos en cada ciudad: San Benito frente a San Martín, en Salamanca; los Pacheco frente a los Garcilópez de Chavez, en Ciudad Rodrigo; San Miguel frente a los de Santa Cruz, en Alba de Tormes.

Y si a esta división le añadimos el alineamiento en luchas dinásticas repetidas en el tiempo, el tema se podía complicar aún más.

En la ciudad de Salamanca estos bandos ya existirían a finales del siglo XIII (1292), fecha en la que aparecen “las partes de la ciudad” (una de ellas sería la de San Benito y la otra la de Santo Tomé o San Martín), aunque todavía no se darían enfrentamientos notables, hasta mediados del siglo siguiente, a raíz de la guerra civil entre Pedro I y Enrique II.

Torre del Clavero, en dos imágenes. Salamanca

Centro de Estudios Salmantinos

La institucionalización de los mismos sería respaldada por la monarquía que, a finales del siglo XIV, reconocería la existencia de los bandos-linaje y lo tendrían en cuenta a la hora de realizar los nombramientos de regidores, mayordomos del concejo y los demás cargos públicos, repartiéndolos entre ambos bandos.

A comienzos del siglo XV ya existían luchas entre bandos y tensiones por el reparto de esos cargos y el monarca, Enrique III, se vio obligado a nombrar dos regidores de cada bando: Rodríguez de Monroy y Rodríguez de las Varillas (por el bando de San Martín) Juan Álvarez Maldonado y Gómez González de Anaya (por el bando San Benito). Los mecanismos de este reparto se mantuvieron vigentes básicamente durante todo el siglo.

Aun así, en varias ocasiones, no se pusieron de acuerdo para el reparto y los titulares jurisdiccionales de la ciudad (realeza) tuvieron que intervenir. Es el caso acaecido en 1440 cuando la reina Doña María “impuso” al concejo la forma de elegir a los veinte escribanos que debía haber; para ello instó a que éste eligiese primero comisarios de los dos bandos-linajes.

En realidad, los problemas entre bandos que más incidencia tuvieron en la ciudad fueron de otro tipo. Esta división de bandos serviría para alimentar las adhesiones o no a cuestiones que superaban el ámbito de la ciudad. Es así que cada uno tomó partido por los protagonistas del enfrentamiento entre Álvaro de Luna (Condestable de Castilla y valido del rey Juan II) y los infantes de Aragón, por el control del monarca (1423). Algunas familias del bando de San Benito, sobre todo algunos Anaya, estaban enfrentados con Álvaro de Luna: el obispo Diego de Anaya tuvo problemas en la corte con el valido del rey y apoyó a los infantes de Aragón; el arcediano de Salamanca, Juan Gómez de Anaya, no consintió que el monarca se aposentara en la ciudad. Como contrapartida, las familias del bando de Santo Tomé apoyaron al Condestable.

Y llegamos a mediados del siglo XV. La derrota de los infantes de Aragón no apaciguó las disputas y en 1452 el Justicia Mayor de Castilla (Don Pedro de Estúñiga) instó a los bandos a buscar la pacificación.

Durante el reinado de Enrique IV hubo caballeros que se declararon a favor del monarca (los del bando de San Martín) mientras que los del bando de San Benito apoyaron al hermano del rey, D. Alfonso.

Fue en esta época cuando se produjo el suceso más conocido de las “luchas de los bandos”: los hechos se sitúan entre los años 1464 y 1465 y los protagonistas fueron las familias de los Enríquez-Monroy, por un lado, y los Manzano, por otro.

Enrique Enríquez fue regidor de Salamanca y había fundado, junto con su esposa María de Monroy, el Mayorazgo de Villalba de los Llanos. Uno de los hijos de ambos, ya muerto el padre, tuvo un desgraciado percance, durante un juego, que acabó en un enfrentamiento con dos hermanos Manzano de los que, curiosamente, era muy amigo. En el transcurso de este enfrentamiento, los hermanos Manzano mataron al Enríquez y, para evitar la probable venganza del hermano de éste, también le dieron muerte, huyendo inmediatamente a Portugal.

Cuando los sucesos llegaron a oídos de la madre, María de Monroy, y esta, junto con veinte hombres armados, comenzó a perseguir a los asesinos de sus hijos y cuando los encontró, ordenó cortar sus cabezas, las cuales fueron presentadas en las tumbas de aquellos.

Casa de María «La Brava», situada en la Plaza de los Bandos. Salamanca

La Cránica de Salamanca

Sin duda hubo otros enfrentamientos; por ejemplo, el profesor Martín de Ávila, emparentado con familias del bando de San Benito, no se atrevía a dar clases en la Universidad por temor a ser agredido por parte del otro bando si salía a la calle. El Conde de Alba (García Álvarez de Toledo) quiso intervenir en la ciudad (arropado por una supuesta concesión del rey Enrique IV) y ello provocó serios enfrentamientos en los que parece ser hubo bastantes muertos de ambos bandos (cuenta Villar y Macías que los hechos más graves se produjeron cerca de la actual calle de Espejo, que se denominaría en aquel entonces calle de los Mártires). El Conde continuó apoyando a uno de los bandos, aunque según transcurría el tiempo iba dando su apoyo a uno u otro, lo cual alimentó los enfrentamientos aún más.

El obispo Gonzalo de Vivero intentó, sin éxito, pacificar las disputas y a partir de 1474 se firmó un documento de tregua en el que aparecen caballeros de los dos bandos, el corregidor y la figura del pacificador (religioso); este no era otro que el agustino Juan de Sahagún.

Los reyes también procuraron calmar estos enfrentamientos y la llegada al trono de Isabel la Católica propició intentos pacificadores a unas luchas en las que había muertos y destierros.

El 20 de mayo de 1475 se firmó una concordia y personas vinculadas al bando de Santo Tomé se comprometieron a colaborar con el contador mayor del Rey, Rodrigo de Ulloa, y se tendía la mano a las familias del otro bando.

Torre del Aire. Palacio de Fermoselle. Salamanca

Ver Salamanca

Todos estos intentos desembocaron en la Concordia del 30 de septiembre de 1476 en la que los firmantes se comprometían a erradicar las peleas de la ciudad, a comportarse pacíficamente, respetar el orden y hacer cumplir el bien público.

Es verdad que este documento fue firmado por sólo 26 caballeros, casi todos del bando de San Benito. Si bien se completó posteriormente con algunos capítulos en los que se fijaban días de tregua, se establecían compromisos para que los jueces resolvieran litigios pendientes o se prorrogaban algunas treguas en disputas muy personales.

Aunque pareciera que los conflictos habían sido resueltos, nada más lejos de la realidad; los enfrentamientos y actos violentos se prolongaron hasta finales de siglo: asesinato de Alfonso Solís por Gonzalo Maldonado; Alfonso Maldonado fue herido de gravedad por gentes del bando de Santo Tomé; Alfonso de Almaraz le disputó rentas a Diego de Anaya; Pedro de Miranda fue asesinado en circunstancias extrañas; hubo peleas constantes, agresiones, duelos callejeros, ataques nocturnos, etc.

En 1493 se firmó otra concordia por numerosas personas, en su nombre, y representando a otras muchas y entre las que se encontraban personalidades de linajes importantes de ambos bandos. El fin del documento era acabar con los enfrentamientos y establecer procedimientos equitativos en el nombramiento de cargos municipales.

Patio de la Casa de las Conchas. Salamanca

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En Ciudad Rodrigo la mayoría de la población del conjunto de la ciudad y de su Tierra era rural. En la población estrictamente urbana, el 26% pertenecía a la clase privilegiada, a los caballeros que disponían de un importante poder económico. Aparecen apellidos ilustres como los Paz o los Maldonado, además de los Centeno o los Osorio; pero, sobre todo, destacaron los Garcilópez, los Garcilópez-Chaves y los Pacheco, por un lado; y los Silva o los Águila, por otro.

En esta ciudad también se produce la institucionalización de los bandos durante el siglo XIV. Alfonso XI, en el año 1327, a su paso por Ciudad Rodrigo, camino de Portugal, se hospedó en casa del caballero Garcilópez y, como premio, le concedió la mitad de los oficios públicos de la ciudad; al año siguiente, en otro viaje a Portugal, se alojó en casa de Esteban Pacheco, dándole la otra mitad.

Pedro I, ante los altercados que provocaban los bandos en la ciudad, mandó a los “merinos” que castigasen con pena de muerte a todos los que alborotasen al pueblo. La medida podía parecer imparcial, sin embargo, es conocida la enemistad entre el monarca y los Pacheco y el merino, qué casualidad, era Garci-López, enemigo de los Pachecos. Una vez eliminado el monarca y habiendo accedido Enrique II al trono, las tornas cambiaron y los perseguidos se convirtieron en perseguidores, y las venganzas se convirtieron en asuntos cotidianos.

Fachada de la Casa de Rodrigo Pacheco (Primer Marqués de Cerralbo). Ciudad Rodrigo

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Muertos los Pachecos y desterrados los Garci-López, el monarca nombró “catorce hombres buenos” que, como regidores, gobernasen la ciudad; siendo así que los documentos de este tiempo aparecen firmados, no por los regidores de los dos linajes, sino por los hombres buenos, puestos por el rey.

Los Garcilópez fueron perdonados por don Juan I, volviendo a Ciudad Rodrigo con todos sus honores y prerrogativas. En unos documentos fechados a finales de 1383 les restituye la mitad de los oficios y reparte los dos alcaldes anuales entre cada linaje. En 1401, como continuaban las disputas sobre la composición de los puestos, el Condestable de Castilla reconoció un tercio de regidores de los Pacheco, otro tercio de regidores de los Garcilópez y el tercio restante de miembros no adscritos (que acabarían extinguiéndose).

En 1414 se firmó un pacto en el que se establecía cómo proceder en las vacantes de los cargos de regidor, cuyo número tenía que ser doce, a propuesta de los bandos-linaje; se establecían las condiciones para las renuncias voluntarias y el acceso a la reducida élite de regidores. De alguna manera esto sirvió para una supuesta pacificación y los regidores se aseguraron la transmisión de cargos en su familiares directos y lograron acaparar y ocupar otros cargos.

En tiempo de Enrique IV las luchas habían llegado a tal extremo de violencia, que el rey se vio obligado a nombrar justicias a la ciudad; pero lo hizo de una forma desacertada: nombró corregidor a Hernando de Silva, emparentado con los Pacheco, lo que equivalía a nombrar juez a una de las partes contendientes.

Patio del Palacio de los Águila. Ciudad Rodrigo

El Adelantado de Segovia

Los Aguila comenzaron a escalar posiciones a mediados del siglo XV cuando ocupaban el puesto de alcaide del castillo, apoyando al príncipe Enrique, tanto ellos como otros de la misma familia o de familias afines. Fueron nombrados regidores y corregidores y en 1478 Diego del Águila aparece como gobernador y miembro del Consejo de los reyes.

Todo ello provocará conflictos entre bandos, no especialmente graves. Será a finales del reinado de Enrique IV y principio del de los Reyes Católicos cuando se agudizó el conflicto por el alineamiento en causas dinásticas: los Chaves, Pacheco y Silva apoyaron la causa de Juana “La Beltraneja” (hija de Enrique IV), frente a los Centeno y los Águila, que se posicionaron a favor de Isabel la Católica. Con el triunfo del bando isabelino los partidarios ocuparon regidurías y fueron premiados con rentas y privilegios mientras que los perdedores fueron privados de oficios y bienes.

Para la realización del presenta artículo se han tenido en cuenta los siguientes documentos:

– HERNÁNDEZ VEGAS, M.: “Ciudad Rodrigo. La Catedral y la ciudad. Tomo I. Capítulo XXV” Excmo. Cabildo de la Catedral. Ciudad Rodrigo. 1982

– MONSALVO ANTÓN, J.M..: “Historia de Salamanca II. Edad Media. Capítulo VI. La sociedad concejil de los siglos XIV y XV. Caballeros y pecheros”.  Coordinador J.M. Mínguez, Director J.L. Martín.  Centro de Estudios Salmantinos. 1997

– VALDEÓN, Julio: “La Baja Edad Media. Crisis y recuperación (siglos XIV y XV)”. Ámbito Ediciones S.A. Valladolid, 1985

– VILLAR Y MACÍAS, M.: “Historia de Salamanca. Libro Quinto. Capítulos VI y VII”. Diputación Provincial de Salamanca. Salamanca. 1887