La escultura que hoy conocemos difiere notablemente de la
escultura de épocas pasadas. Con toda certeza el trabajo del
escultor, en nuestros días, es el resultado de una sociedad
llena de frivolidades, donde la actividad artística ha asumido
una separación brusca respecto a sus inicios. La función social
de la escultura no es una prioridad para el escultor y mucho
menos ha dejado de ser un arte al servicio del hombre. Si la
escultura, especialmente la escultura en piedra, era el resultado
del dominio de un oficio y de una actitud estética en un
momento concreto, hoy es difícil reconocer en una pieza lo
que la escultora de piedra Bárbara Herpworth llama “ experiencia
humana fundamental”.
En el oficio de escultor no hay secretos, la unión de expresiones
personales, junto con técnicas heredadas para ejecutar
constituyen la fórmula. En la talla en piedra el material
desempeña una función activa en la formación de la idea y
del resultado final. Las características de la piedra, la forma
del bloque, la dureza, el color... definirán la obra. Es difícil
precisar quien da el primer paso, si la piedra y lo que transmita
al escultor o viceversa, es el escultor el que parte de una
idea y busca una piedra concreta para transmitirla.
El proceso de realización de un relieve , bulto redondo o escultura
es ante todo personal. El escultor, como he manifestado,
se sirve de la misma piedra como fuente de la inspiración, de
catálogos, libros, música, soledades, experiencias personales,...
etc. De ahí parte la idea, que posteriormente ha de
materializarla en un boceto. Un dibujo o una maqueta en
plastilina, barro, escayola u otro material con el que el artífice
se sienta cómodo. Siempre resultará más fácil utilizar colores
similares a la piedra a utilizar, con el fin de poder estudiar
luces, contrastes y volúmenes. Este trabajo de bocetos previos
nos ayudará a enfrentarnos a la piedra con más seguridad,
menos miedos y con las ideas más claras. Aunque también hay
que tener claro que en el proceso de creación nada está cerrado,
podemos realizar modificaciones sobre la idea original, si
el contacto con la piedra nos sugiere formas más agradables.
Para la realización de la talla en piedra podemos elegir varios
procedimientos. Más vanguardistas como los métodos mecánicos
realizados a través de estudios por ordenador, o recurrir a
destrezas del oficio más artesanales. Tal es el caso del sacado
de puntos, realizado a través de la máquina de puntos o con
tres compases. Ambas técnicas son utilizadas para realizar
copias en el mismo tamaño que el original, ampliar o reducir
una pieza previa. Es un trabajo lento, donde el operario ha de
sacar los puntos principales de la pieza original y trasladarlos
con las mismas medidas sobre el bloque de piedra. Una práctica
hoy casi en desuso pero muy utilizadas desde finales del
Renacimiento, el artista realizaba el original y los ayudantes
realizaban las copias necesarias. La talla directa, es el método
más arriesgado, el artista se enfrenta a la piedra sin más armas
que las herramienta, sus habilidades y su idea. Considerado
como procedimiento artístico especialmente noble de trabajar
la escultura en piedra, recuperado como destreza noble de trabajar
la escultura en piedra por los artistas de finales del XIX y
del XX, como Moore, Brancusi, Mateo Hernández, Herpwrth,
Rodin ... etc que dieron un nuevo carisma a la técnica. Decía
Brancusi que “tallando es como descubres el espíritu de tu
material y las propiedades que le son peculiares”.
Para realizar una obra de talla directa en piedra tenemos dos
sistemas, el tallar todas las caras del bloque simultáneamente,
una formula arriesgada y sin posibilidades de rectificación
en caso de error. Otro método es la talla a partir de la cara
principal del bloque, dibujando y desbastando como si fuese
un relieve, es más fácil rectificar al quedar piedra detrás del
bloque. Y, por último, la talla directa con la cara principal y
una lateral, de este modo nos quedan la cara de atrás y una
de las laterales para las posibles correcciones.