CURIOSIDADES DE NUESTRA HISTORIA (18)

 

Y LLEGARON LOS BÁRBAROS

A comienzos del siglo V la Península acusa la presencia de los pueblos germanos, a los que vulgarmente se conoce como “bárbaros”, término que para un romano equivalía a “extranjero”.

Sin embargo este término se utilizó en sentido peyorativo y desde época muy temprana servía para calificar a las gentes de estos pueblos de semisalvajes, que habían irrumpido en el Imperio Romano, culto y rico, dando muerte a sus habitantes y arrasando todo lo que encontraban a su paso. Nada más lejos de a realidad; si bien es cierto que llevaron a cabo actos de pillaje (tanto en el medio rural como en las ciudades),  no se produjo ninguna catástrofe o destrucción.

Las invasiones germanas del siglo V no surgen como un fenómeno aislado pues se venían sucediendo desde finales del siglo II a.C., llegando hasta el sur de la Galia y la Celtiberia. En la época imperial las fronteras del Rhin y el Danubio pudieron contenerlas, pero la presión se acentuó de tal manera en el siglo III que el Imperio se tambaleó y después de un período de paz, que duró hasta el último tercio del siglo IV, se produjo un nuevo asalto de las fronteras al principio del siglo V.

Es necesario señalar que un gran número de germanos estaba latinizado y que el mundo romano había asimilado una cierta barbarización, tanto es así que un buen número de estas gentes germanas formaban parte de las legiones romanas.

¿Por qué se fueron produciendo estas invasiones germanas? Existen diferentes factores, pero sobresalen las condiciones climáticas, sociológicas y demográficas.

El desplazamiento de uno de los pueblos de la estepa euroasiática, los hunos, aceleró la migración de los germanos que buscaban tierras en las que asentarse. Cuatro grupos atravesaron el Rhin el 31 de diciembre del año 406 (vándalos hasdingos, vándalos silingos, suevos y alanos) y apenas encontraron resistencia en las tropas de la frontera. Los suevos  procedían de las regiones de Havel y el Spree (ríos del este de la actual Alemania), los vándalos (asentados entre el Vístula y los Sudetes, oeste de la actual Polonia) se encontraban en la Dacia (al norte de la actual Rumanía) y los alanos pertenecían a los pueblos sedentarios de la estepa. Saquearon la Galia (únicamente la ciudad de Tolosa pudo resistir sus ataques) y se presentaron en los Pirineos.

La defensa del paso de esta cordillera se había confiado a nativos campesinos, milicias identificadas con las de los hermanos del emperador Teodosio, reclutadas entre sus esclavos y cuyas propiedades estaban situadas en la Lusitania, quizá en torno a Salamanca; no hay que olvidar que el emperador Teodosio tenía sus propiedades en Cauca (Coca).

A finales de septiembre o primeros de octubre los cuatro pueblos mencionados cruzaron los Pirineos por Roncesvalles y marcharon hasta Pompelone (Pamplona) desde donde se separaron.

Suevos y vándalos hasdingos continuaron por tierras de Navarra, Álava, Burgos, Palencia y León hasta llegar a Asturica (Astorga); desde este punto, los vándalos hasdingos se dirigieron a Lucus (Lugo) y los suevos hacia Bracara (Braga). Los alanos y vándalos silingos marcharon hacia Caesaraugusta (Zaragoza), tierras de Guadalajara, Madrid, hasta llegar a Toletum (Toledo).

Según testimonio romano, estos pueblos, diez años después, acordaron cesar sus correrías y pillajes y asentarse en las tierras, en unas áreas concretas. A los vándalos hasdingos  les corresponde la zona noroccidental y cuyos centros más importantes son Asturica y Lucus; a los suevos, la Gallaecia suroccidendal cuyo centro estaba  en Braga y lindaba con el Océano Atlántico; a los alanos les tocó en suerte la Lusitania. A los vándalos silingos les tocó la Bética.

Pero en el citado reparto de territorios había zonas más ricas y prósperas y otras que eran relativamente pobres. Es por esta razón por la que los suevos, debido a la pobreza de las tierras, se enfrentaron a los vándalos hasdingos y llevaron a cabo expediciones de saqueo y pillaje por las tierras de Lusitania aunque no pudieron ejercer dominio sobre un espacio tan amplio debido a su escasa cuantía demográfica con respecto a la población indígena y las condiciones del terreno, que facilitaba la defensa del mismo.

Mientras todo esto ocurría, otro grupo de germanos, los visigodos, había pactado con el Imperio Romano y se encontraba en disposición de enfrentarse a los invasores, habiéndose instalado, como federados del Imperio, en la Narbonense gala y desde el reino de Tolosa controlaban las comunicaciones entre la Península y Roma. Desde allí intervendrían en Hispania.

A partir del año 494 importantes masas populares visigodas penetraron y se asentaron en la Península Ibérica.

Leovigildo_rey_visigodo

Estatua de Leovigildo en la Plaza de Oriente de Madrid

(www.es.wikipedia.org)

Durante 60 años (el llamado período arriano español) carecemos de datos escritos. En el año 572, el rey de los suevos, Miro, llevó a cabo una expedición contra los ruccones, pueblo misterioso que algunos sitúan en Navarra, otros en tierras asturianas y otros en tierras del sur de Salamanca. Los visigodos, con Leovigildo (568-586) a la cabeza,  se enfrentaron a ellos y atacaron a los sappos en su región, Sabariam, situada en el límite de las provincias de Zamora y Salamanca. Posteriormente devastaron Cantabria y continuaron hacia los Pirineos, con el fin de frenar el paso de los francos, fundando la ciudad de Victoriacum (¿Vitoria?) en el año 581. Una vez pacificada la región, Leovigildo se dirigió contra los suevos y conquistó y anexionó su reino. Fue un monarca que llevó a cabo, como hemos visto, una intensa actividad bélica hasta conseguir la desaparición de otras entidades políticas de la Península Ibérica.

Recaredo

“La conversión de Recaredo”. Cuadro de A Muñoz Degrain, 1888

Palacio del Senado, Madrid

(www.es.wikipedia.org)

A Leovigildo le sucede Recaredo (586-601) que decidió abrazar el cristianismo a comienzos del año 587 y el 4 de mayo del año 589 reunió un concilio general, el III de Toledo, para ratificar la abjuración oficial de la herejía arriana y proclamar la religión católica como religión del estado. Dio un fuerte impulso al proceso de imperialización y sacralización de la realeza visigoda.

Se suceden varios reyes hasta llegar a Wamba, elegido rey el 1 de septiembre del año 672, en Gérticos, que, según E.A. Thompson, se situaba en la provincia de Salamanca, pues, según los datos se encontraba a unas 120 millas de la capital del reino visigodo hispano (Toledo), es decir, a unos 180 Km, lo que nos lleva a un punto próximo a Béjar. A. Tovar lo sitúa en el curso del río Jerte, entre Plasencia y Barco de Ávila. Ocho años duró su reinado, pues se retiró el 21 de octubre del 680 al monasterio de Pampliega (¿Burgos?), donde permaneció siete años y tres meses, hasta su fallecimiento.

Wamba

Estatua de Wamba en la Plaza de Oriente de Madrid

(www.verpueblos.com)

A principios del siglo VIII el reino visigodo hispano acusaba gran debilidad. Esta fragilidad interna contribuyó a su agotamiento y decadencia y recibió la puntilla con la invasión musulmana a partir del año 711.

El estado visigodo conservó el tipo de administración provincial romana y el territorio castellano-leonés estuvo repartido entre cuatro de las cinco provincias: Tarraconense, Cartaginense, Lusitania y Gallaecia.

La administración central se ejercía desde el Oficio Palatino y desde el Aula Regia. El Oficio Palatino  era el encargado de la burocracia y de la administración ordinaria y se dividía en varias secciones al frente de las cuales se hallaba un conde (Conde del Tesoro, Conde del Patrimonio, Conde de los Notarios, Conde  de los Escanciadores o Conde de los Establos, por ejemplo). El Aula Regia era una institución más amplia, que comprendía a los miembros del Oficio Palatino, a los Obispos y a los magnates palatinos y constituían una auténtica corte.

Tres elementos hay que tener en cuenta en la administración periférica: las provincias, el territorio y las asambleas de vecinos de hombres libres del campo.

Las provincias tenían al frente a un gobernador (rector provinciae) que fue sustituido por el dux (alto jefe militar) y se convirtió en la única autoridad de la provincia, la cual, en ocasiones, recibió el nombre de ducatus.

El territorio es un nuevo concepto de distrito que sustituye a las provincias como circunscripciones administrativas y judiciales con autonomía y personalidad propia. Al frente de esta circunscripción administrativa se encuentra el comes o iudex, que recibe el título de comite (conde), motivo por el cual se distrito se denominó condado. Era nombrado por el rey y tenía amplias atribuciones administrativas, judiciales, financieras y militares. Este nombraba a su vez, como auxiliar, al vicecomes (vizconde) para que le ayudara en las tareas de gobierno. Posiblemente estos  funcionarios residieran en las ciudades.

Recaredo, tanto  a los dux como a los comités, les tenía prohibido que cometieran abusos entre sus súbditos, ya que el soberano les retribuía cediéndoles unas tierras que les proporcionaban rentas y beneficios.

Dentro del territorio había aldeas exentas de toda dependencia señorial, con una organización local muy rudimentaria, que se materializó en asambleas públicas de hombres libres del campo, denominadas conventus pubilcus vicinorum. En estas asambleas se trataban todos aquellos asuntos que afectaban a la comunidad (propiedades territoriales, bienes comunales, límites de campos, reparto de las decimae que tenían que pagar los propietarios de los ganados por pastar en los campos comunales o la cuantía de los daños  que pudieran causar aquellos en los cultivos). Estas asambleas se celebraban en las encrucijadas de los caminos o de calles de los pueblos y se convocaban al son de un cuerno o una bocina.

Las fuentes de la época utilizan los términos Gothi et Romani para designar y diferenciar los dos elementos étnicos de la población de los siglos V al VII. La mayoría la componía el colectivo hispanorromano (bastante heterogéneo); el colectivo germánico lo integraban los godos y los suevos, cuyo número no se ha precisado aún. Oscila, según autores, entre un millón y unos doscientos mil. Por lo que se refiere a la Meseta Norte parece ser que no superaron los cuarenta mil individuos.

En la Hispania visigótica vivieron dos tipos de población, la urbana y la rural. La mayoría de las ciudades conocieron un proceso de ruralización y la mayor parte de la población habitaba en el campo.

Socialmente la población estaba dividida en varios sectores: aristocracia, clero, pueblo llano, siervos de la iglesia y ejército.

La aristocracia era la poseedora de grandes territorios, formaba parte del consejo de palacio o era nombrada para los puestos de gobernador de los territorios. Había dos categorías, los de origen palatino (solían residir en palacio o se les encomendaba el gobierno de los territorios con los títulos de duces y comités) y los de linaje (se les conocía como nobiles, maiores y maiores loci o “los más importantes del lugar).

El clero: los obispos, equiparados a los magnates laicos, disfrutaron de privilegios y garantías penales y procesales.

El pueblo llano, tanto los individuos libres como los siervos, no tenía los privilegios de nobleza y clero. La mayoría se dedicaban al pequeño comercio y a la artesanía. La población rural estaba compuesta por pequeños propietarios agrícolas o por siervos rústicos que cultivaban la tierra bajo la vigilancia de sus patronos.

Los siervos de la iglesia eran bastante numerosos y la mayor parte se empleó en el trabajo de las tierras de la Iglesia.

La agricultura fue el pilar fundamental de la economía. La mayor parte de las tierras de la Meseta se dedicaban al cultivo de los cereales, predominando el trigo sobre la cebada; se siguió utilizando el arado de tipo mediterráneo, el sistema de barbecho y el abono animal. Junto a las tierras de cultivo se encontraban las zonas dedicadas a pastos y bosques y la abundancia de robles y encinas facilitó la cría del ganado porcino.

Las actividades industriales mejor conocidas son las referentes a la artesanía y a la construcción. Las iglesias se levantaron en su casi totalidad en zona rurales y la mano de obra fue servil; algunos talleres se especializaron en el trabajo de elementos ornamentales aplicados a la arquitectura. Periódicamente los comerciantes celebraban mercados que tenían lugar en las plazas principales de las ciudades y aldeas.

monedas

Reproducción de una moneda visigoda

(www.todocoleccion.net)

Un elemento básico de las operaciones comerciales fue la moneda que siguió el patrón romano(uno de los principales centros de acuñación fue Salmantica). Se siguió utilizando la red viaria de la época romana. Leovigildo se preocupó de garantizar el tráfico por ellas, prohibió que se obstruyeran los caminos públicos y dispuso que a ambos lados de ellos se dejasen espacios para acampar los viajeros.

Durante el siglo VII la Iglesia estableció los límites de las provincias eclesiásticas tomando como referencia las divisiones territoriales civiles. A la provincia Cartaginense, cuya metrópoli era Toledo, pertenecían diócesis como las de Segovia, Osma y Palencia; a la Tarraconense, con metrópoli en Tarraco, pertenecería Auca (Oca); a la Lusitania, con metrópoli en Emérita Augusta (Mérida) pertenecerían, entre otras, Salamanca o Ávila.

La célula básica de la organización eclesiástica fue la diócesis, al frente de la cual estaba un obispo que tenía autoridad sobre todas las iglesias de su demarcación, el clero y el pueblo. Las iglesias vivían de las limosnas de los fieles y de las rentas de sus tierras, que eran trabajadas por gentes de condición servil o semilibre (los servi eclesiarum o siervos de la iglesia).

La elección para nombrar obispos la hacían los obispos coprovinciales y el nombramiento era potestad del metropolitano. Pero poco a poco el procedimiento más normal fue la designación por parte del monarca.

Otra de las instituciones del gobierno eclesiástico era la visita, que ponía en contacto directo al obispo con las iglesias de su diócesis, la cual debía hacerla una vez al año, bien personalmente, bien por medio de sus delegados.

En el seno de la Iglesia en la época visigoda el monacato tuvo gran importancia, Por lo general los monasterios estaban situados en zonas rurales aisladas, a donde se retiraban los monjes en busca de oración y soledad. Los concilios hispánicos legislaron durante el siglo VII sobre monasterios y monjes.  Estos estaban sujetos al obispo de la diócesis, pero disfrutaban de autonomía económica y disciplinar. Los obispos debían nombrar a los abades y demás oficios; la disciplina la regía el Codex Regularum (Código de la Regla). Entre las particularidades destacadas del monacato del siglo VII se puede mencionar el pacto basado en un contrato suscrito entre el abad y la comunidad, en el que se fijaban los derechos y las obligaciones de ambos. Los monasterios se agrupaban en federaciones y tenían un órgano común formato por el sínodo de abades.

SanPedrodelaNave

Iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora),

de estilo visigótico

(wwwes.wikipedia.org)

Obispos y monjes constituyeron el foco de expansión de la cultura. Los centros de formación del clero eran las escuelas episcopales y monásticas, en donde los clérigos aprendían a leer y a cantar los textos litúrgicos. A los escolares se les enseñaba lo imprescindible para poder ejercer su ministerio, y cuando se ordenaban sacerdotes se les entregaba el libro ritual para la administración de los sacramentos.

Por último, se puede comprobar en nuestras tierras la huella goda en una serie de topónimos. Términos tales como Godos, Roma, Romanillos y Romanos parecen indicar que estos lugares o bien correspondieron en el reparto a godos, o a romanos. Según J.M. Piel, topónimos referentes al nombre godo son seguros Toro (Zamora), Aldearrodrigo , Valderrodrigo o Gudino en Salamanca.

Para la realización del presente artículo hemos tomado como referencia los siguientes recursos bibliográficos:

– “Los germanos en el Valle del Duero. Romanización y germanización de la Meseta Norte”

JOSÉ Mª SOLANA SALOZ. Historia de Castilla y León 2. Ed. Ámbito

– “Salamanca tardoantigua y visigoda”, M. SALINAS, correspondiente al capítulo VI de HISTORIA DE SALAMANCA I  (coordinador M. Salinas, director  J.L. Martín), edita Centro de Estudios Salmantinos

Continuará …

 

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